"No se lleven a engaño, la presente carta no versa sobre el noble arte de los toros del que el que escribe no entiende ni un pijo, si no como el avezado lector habrá deducido de los últimos acontecimientos acaecidos con relación a la prohibición de la fiesta nacional en Cataluña por parte del parlamento catalán. Sin duda, esta prohibición responde al giro orwelliano del tripartit desde que llegó al poder, de acuerdo con esa sentencia que el maestro nos dejó en su 1984: “ La guerra es paz, la libertad esclavitud y la ignorancia es fuerza”. La guerra es la guerra constante abierta por el tripartit contra España y todo lo que ella representa, la libertad, la que se ve cercenada con esta decisión tan antidemocrática, y por último, la ignorancia, la de aquéllos cuyos cerebros han sido sometidos al correspondiente lavado y pretenden imponer por la fuerza sus ideas.
No nos engañemos, esta prohibición no procede de una nueva corriente educativa de una juventud lobotomizada en pro de los supuestos derechos de los animales, tampoco de un clamor popular, expresado en unos pocos miles de firmas, procede más bien de una ansiedad irracional de los nacionalistas por desprenderse de un signo de identidad nacional, enmascarada en intenciones buenistas, vamos pura espuma.
Otra cuestión que quiero tocar y que daría lugar a un profundo debate es la que se refiere a los supuestos derechos de los animales. Para los romanos eran las personas los únicos sujetos de derechos, e insisto, aquí el único derecho vulnerado es el de la libertad del aficionado a los toros, libertad que es un derecho intrínsecamente humano y no animal. Permítanme, al respecto, otra cita del gran Goethe, “ Sólo entre los humanos puede ser vivido lo humano”. Por otro lado, en el caso de afirmarse los derechos de los animales, defendidos por los “animalistas”, horrible acepción ( yo había oído hablar de los humanistas, pero esto me supera, de verdad), que baremo establecemos, tiene más derechos el toro que muere en la plaza o el que muere en el matadero, o que me dicen del pobre pato cuyo hígado es pulverizado para elaborar el foie, o la langosta asada en vida, ¿esto no es sufrimiento?. La diferencia es que indudablemente el toreo es un arte ancestral, y si no que se lo pregunten a Picasso, quizás habría que censurar sus cuadros sobre tauromaquia por herir los derechos de los toros y hacer apología de su sufrimiento.
En fin, que es curioso que los supuestos “progres” encuentren en la prohibición el “modus operandi” perfecto para imponer su voluntad minoritaria, vamos la voluntad del “gran hermano”."
Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez
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