Hoy he abierto los ojos, y he empezado a pensar en lo que tenía que hacer a lo largo de la jornada: echar una carrerita, comer con los suegros, preparar las vacaciones, ver la final del mundial.... El corazón me empezó a palpitar más rápido: ¡España juega la final del mundial!, ¡cojones!, ¡cómo suena!.
Mi primer recuerdo futbolero fue alguna imagen suelta del mundial 78 de Argentina. La verdad es que por aquel entonces no me llamaba la atención aquel juego de señores corriendo en calzones cortos. Prefería invertir mi tiempo viendo películas del oeste y jugando con los airgam boys.
El interés por el futbol empezó en el año 1980, viendo en la tele un Real Madrid-Salamanca, y poco después, una final de copa entre el Madrid y el Sporting de Gijón en la inauguración del nuevo Pucela. Pero sobre todo, fue el Mundial 82, el Mundial de Naranjito, el que termino por enamorarme del balompié. Por esta piel de toro desfilaron las figuras rutilantes de la época: Maradona, Platini, Sócrates, Boniek, Altobelli, Rummenige o Zico. El hecho de que España hiciera el ridículo no me importó lo más mínimo, ya que seguir un Italia-Argentina, o un Rusia-Brasil era tan emocionante, o más, que un partido con López Ufarte, Satrustegui o Alonso. Descubrí que el fútbol era maravilloso.
Luego vinieron otros mundiales, descubrí a otros grandes del balompié, como Gullit, Butragueño, Hugo Sánchez, Van Basten, Romario, Zidane, Baggio, Matthaus, Ronaldo o Raúl. Pero aunque España tuvo oportunidades reales de llegar bien lejos en la competición, con en México 1986, EEUU 1994 o Korea 2002, el denominador común de todos los mundiales era que terminaba la competición para España con una gran decepción. A veces por deméritos propios, en otras ocasiones por mala suerte, y en Korea por la intervención de aquél sinvergüenza disfrazado de árbitro llamado Al-Gahndour.
Pero hoy sí. Hoy España puede ser campeona del mundo. Todas las frustraciones pasadas pueden quedar desterradas de nuestra memoria colectiva de un plumazo.
De la gloria solo nos separa Holanda, y aunque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los mejores, lo cierto y verdad es que se me antoja difícil la derrota española salvo accidente, como una expulsión, una actuación calimitosa de Howar Webb (esto es muy probable) o el partido de su vida del guardameta tulipán.
Al margen de esas circunstancias, España es netamente superior. Hombre por hombre, línea por línea y en juego de equipo. En gran medida este partido se asemeja a un Real Madrid-Barcelona de hace dos temporadas, justo cuando chamartín se teñía de naranja con los Robben, Snjeider, Huntelaar, Van der Vaart, Drenthe o Van Nilsteroy. Los cuatro primeros juegan hoy contra España, compuesta mayoritariamente por jugadores del Barça. En aquella temporada el resultado, muy a mi pesar, fue claramente favorable a los catalanes. Lo que son las cosas del fútbo, aquél pésimo resultado, me da fuerzas renovadas para pensar que hoy España será campeona del mundo.
Luego, el Jabulani dictará sentencia.
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