Estos días las calles de Ciudad Real son un procesionódromo. Es imposible no toparse con penitentes vertiendo cera sobre el asfalto, polítiquillos chupando cámara tras los pasos y cientos de personas esperando la llegada de la procesión muertos de frío. En esta tierra las procesiones es lo que más gusta al público, por encima de la cultura o el deporte.
Yo en cambio, como buen agnóstico que soy, he estado muchos años sin ver ninguna procesión. No le veía la gracia a eso de estar esperando horas para que llegaran unos señores encapuchados con estandartes incomprensibles y tronos (como les llaman en Sevilla) con escenas gore.
Sin embargo, últimamente he aprendido a disfrutar viendo una procesión, ya que quitando el lado religioso del asunto, me han empezado a llamar la atención los aspectos culturales, artísticos, y sobre todo, el aspecto antropológico costumbristas del asunto. He conocido a gente la mar de curiosa capaz de pelearse por su virgen, y discutir sobre que banda de cornetas y tambores lleva mejor el ritmo del Moonwalker de Michael Jackson. Bueno, esto último no.

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