Un viernes cualquiera acudes al trabajo a las ocho de la mañana. Sueles toparte con jovenzuelos universitarios de regreso al nido tras una noche de vino y rosas. Se les distingue rápidamente por las voces descontroladas, su ropa desaliñada y un nauseabundo olor a alcohol.

En ocasiones también hay otros detalles que les delatan.

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