Recuerdo que mis primeras "zurras" eran muy inocentes, todos eramos muy inocentes. Nos congregabamos en los jardines del Prado cada 30 de Julio ataviados con el típico pañuelo de hierbas y una vieja camiseta blanca. En principio la idea era preparar la "limona" clásica preparado en un barreño de barro hondo, con vino blanco, azúcar, hielo y raspadura de limón. Para refrescar el caluroso ambiente se formaban guerras con pistolas cargadas de agua....., todo muy pacífico.
Poco a poco las cosas fueron cambiando, cada vez había más gente, y cada vez la hora de comienzo de preparación de la zurra se adelantaba más para poder coger un buen sitio a la sombra. Además, los ingredientes de la "limona" se sustituían por vino tinto, bacardi, martini, vodka y cualquier otra cosa que pudiese elevar la graduación alcohólica. El resultado era un menjunje indescriptible no apto para todos los hígados.

Un año a alguien se le ocurrió lanzar un vaso de vino a un amigo, el otro respondió y al final se lió la gorda. Acababamos de descubrir que más divertido que beber el vino era tirarselo a alguien. Ya no bastaban las pistolas, a veces se lanzaban espuertas llenas de vino por encima de los despistados. ¡Era la guerra!. Casi nadie conseguía salir indemne de la batalla, cuanto más vino mejor. Solo recuerdo a una persona capaz de aguantar sin una sola gota sobre su impoluta camiseta blanca. Ella se lo perdía.
El balance de daños era grande, el pelo parecía una fregona vieja, las camisetas quedaban teñidas de rosa, los pantalones se encogían y las zapatillas quedaban cubiertas de una costra formada por el albero de los jardines y el propio vino. Asqueroso y divertidísimo. Te quedabas como nuevo.
Lo peor eran los daños colaterales, ya que el embriagador olor de zurra rezumaba por los jardines del Prado durante semanas.
Echó de menos aquellas zurras. Lástima que ya no estemos para estos trotes, y tengamos que conformarnos con fotografiar florecillas y mariposas.

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